Alimentación Emocional: ¿Qué es y cómo manejarla?

Como ya hablamos anteriormente, es común que a lo largo de nuestra vida asociemos con facilidad alimento y emoción. La alimentación emocional ocurre inevitablemente gracias a aprendizajes construidos desde que nacemos, como en el ejemplo de la lactancia, que hace que recibamos alimento, calor y afecto conjuntamente; durante la infancia, al ser premiados o tranquilizados con “regalos” o muestras de cariño en forma de comida y en lo sucesivo al asociar la comida a celebraciones o reuniones con personas queridas. No solemos quedar con alguien para pasear, hacer deporte, manualidades o ir al cine, en la misma medida que nos juntamos para desayunar, comer, tomar un aperitivo, merendar o cenar. Incluso cuando quedamos para ir al cine, algunos somos incapaces de concebirlo sin comprar palomitas o llevar algo de casa.

La alimentación emocional  va más allá de la fisiológica. La comida nos sacia, si, pero también nos alegra y nos motiva.

¿Por qué nos alimentamos emocionalmente? Por puro placer.

Y no estamos hablando sólo de un aprendizaje. La relación o conexión entre alimento y emoción ocurre también a nivel fisiológico.

Por una parte, varios estudios e investigaciones han demostrado y siguen demostrando que la exposición a alimentos que nos gustan mucho puede activar las mismas regiones en el cerebro que se activan cuando un adicto se expone a una droga.

La activación de regiones implicadas en la recompensa química, que promueven la urgencia por consumir, colocaría a los alimentos al nivel de “drogas”.

Por otra parte, el nivel de estrés que muchos padecemos debido a nuestro ritmo de vida, provoca que, ante situaciones que vivimos como estresantes, el cerebro reaccione de la misma manera que si estuviera ante un peligro real.

La ansiedad es una reacción adaptativa normal del organismo que moviliza al cuerpo para actuar ante situaciones que pueden poner en riesgo nuestra seguridad.

Para reunir la energía necesaria para responder, se incrementa el nivel de azúcar en sangre y se quema de inmediato. Esto provoca una “falta” en las reservas que desencadena la necesidad de reponer la energía gastada. Y las ganas de comer.

Visto así, no es tan raro que nos convirtamos en adictos a la comida, no es tan difícil “elegirla” para atenuar sensaciones negativas.

Recurrir a la comida para sentirnos mejor es fácil, accesible, barato  y proporciona una recompensa inmediata.

La alimentación emocional (comer por tristeza, ansiedad, aburrimiento…) es una estrategia. Y si lo pensamos desde una perspectiva de coste-beneficio no es una mala estrategia. Es una vía  bastante “inteligente”. No supone mucho coste (la mayoría tenemos acceso bastante fácil a una tienda o supermercado y los alimentos no suelen ser muy caros, sobre todo la “comida rápida” que es la más adictiva por su contenido en azúcar, sal y grasa) y sí un beneficio bastante alto. La satisfacción es inmediata a corto plazo.

Sin embargo, si pensamos a largo plazo la estrategia ya no es tan eficaz. Utilizar la comida como un reforzador:

  • Nos hará estar menos saludables y por tanto sentirnos peor física y emocionalmente.
  • No ayuda a solucionar problemas, sino a esconderlos, no prestándoles atención, pudiéndose hacer incluso más grandes y pesados con el tiempo. Esta “solución” es más un problema añadido que eliminado.

En resumen, la alimentación emocional es normal, pero no es una estrategia útil. Una estrategia útil supondrá la obtención de beneficios a largo plazo.

¿Cómo cambiamos de estrategia?

El cambio de estrategia vendrá de la mano de dos factores importantes:

1. Conocernos bien, reconocer los desencadenantes.

Para poder reconocer la asociación que realizamos entre emoción y comida es necesario primero conocer nuestras emociones. Permitirnos sentirlas, experimentarlas y poder ponerles nombre. No es lo mismo un malestar provocado por una desilusión, por un enfado, por una disconformidad o por la sensación de culpa.

Al darles a todas la misma respuesta estamos dificultando diferenciarlas. Y diferenciarlas es esencial, pues dos emociones distintas necesitan dos estrategias distintas de solución.

¿En nuestro caso, podemos reconocer las situaciones, pensamientos o emociones que desencadenan la estrategia?

El reconocimiento de los desencadenantes nos dará la opción de aprender técnicas para manejar emociones y habilidades de afrontamiento más eficaces.

Además, para evitar que todo el disfrute de nuestra vida quede reducido a la alimentación deberemos trabajar en conocernos, identificar cuáles son nuestros gustos, qué actividades nos hacen sentir bien y tratar de llevarlas a cabo lo más a menudo posible.

2. Priorizar la salud.

El primer objetivo al alimentarnos debe ser la nutrición. Si además al nutrirnos disfrutamos, mucho mejor, pero que sea secundario.

Una buena educación nutricional que nos ayude a estar saludables, significará un control sobre el manejo de la alimentación y dificultará la utilización de la comida como reforzador y el hambre descontrolado, evitará la necesidad extrema de comer y con ello la realización de dietas incorrectas.


En próximas publicaciones hablaremos de estrategias útiles para evitar el descontrol con la comida, de técnicas para manejo de las emociones y habilidades de afrontamiento y más profundamente acerca de la modificación de hábitos.


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Acerca del autor

Elena Marín

Psicóloga Sanitaria. Especializada en Trastornos de la Conducta Alimentaria, Obesidad y Coaching Nutricional, relaciones de pareja, Mindfulness, gestión emocional, relación con la mente y desarrollo personal.

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